La pedantería se perdona mal, y con razón. En el genio es un aliño redundante y fastidioso: la genialidad tendría que relumbrar por sí misma, prescindiendo del bombo de su alarde; al verdadero talento debería bastarle con la gracia natural de sus obras, en lugar de hacer de su excelencia propaganda. Destacar ya es un premio para el ego, no hay necesidad de servirlo aún más indigesto ―somos envidiosos― para los demás.
