La filosofía es un oficio de la mente que explora la verdad en el bastidor de la palabra. De la palabra bella y rigurosa, porque el rigor es belleza y la belleza, cuando brega honestamente por captar y expresar la verdad, se inviste de rigor.
Tal vez se objete que lo que cuenta es la idea, más que la forma. Es cierto. Pero el concepto sin palabras es un tesoro oculto en las sombras. En realidad, resulta discutible que existan nociones sin palabras, y, en cualquier caso, ¿cómo encontrarlas? ¿Cómo asirlas antes de que se desperdiguen en el torrente agitado del pensamiento? Y, sobre todo, ¿cómo trasladarlas a los otros, es decir, convertirlas en acto de comunicación?
La filosofía es la poesía del pensamiento, es la idea que conmueve —¿acaso cala lo que no conmueve?— porque encuentra una feliz plasmación, que la perfila y la comparte. Los filósofos, al concebir intuiciones nuevas o mejores, supieron traducirlas en monumentales arquitecturas lingüísticas, como Spinoza o Kant, o bien en agudos discursos, como Nietzsche o Sartre. El pensador argentino Darío Sztajnszrajber acierta al equiparar la filosofía con un género literario: no hay razón sin literatura y no hay letra de valor que no sondee espesores filosóficos. La idea y la palabra se entrelazan en el minucioso tapiz de lo humano.

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