martes, 13 de enero de 2026

Finitud

Un lúcido amigo mío pone a raya las inquietudes
recordándose que, puesto que surgieron, en algún momento terminarán.   

Todo pasa, más de lo que queda: indulgente cualidad de la mayoría de los males que los hace llevaderos. Epicuro habría aplaudido, él que nos aseveraba que los dolores, cuando son intensos, duran poco, y si son duraderos hacen escasa mella. 

Cuando tiene que afrontar una tarea fastidiosa, mi amigo se anima diciéndose: pero no es infinita. Basta con encararla sin premura, resignarse e ir haciendo: más tarde o más temprano, cederá. Hasta una hormiga podría mover una montaña si dispusiera de suficiente tiempo, y es el tiempo, precisamente, lo que está de nuestra parte mientras aguantamos. Con esa confianza tranquila en la caducidad de todo, mi amigo se ganaría un puesto de honor en la corte de los estoicos. 

La finitud nos inspira melancolía: una parte de nosotros soñaría con escabullirse de la pérdida, seguir y seguir mientras hubiera mundo, o más allá. Pero, bien mirada, la fugacidad es una bendición; incluida la nuestra. ¿Quién podría soportar eternamente el esfuerzo de vivir? ¿O, como intuyó Borges, la viscosa trivialidad del ocio? ¿Alguien aguantaría una eternidad saturada de sí mismo? El gozo gana vigor con la finitud; el sufrimiento lo pierde: mi sabio amigo baila con la felicidad.

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