Creo que Sartre ya avisó de que, aunque siempre podamos elegir, existen dos cosas irrevocables: el pasado y la muerte. Comte-Sponville lo enfatiza: lo irrevocable existe, y hay que contar con ello. Lo cual no quita que, en el resto de las cosas, lo irrevocable sea la libertad.
Casi siempre podemos escoger, pero el precio varía: cuanto más extremas son las circunstancias más nos jugamos en la elección. Es lo que nos recuerda el dicho popular: A grandes males, grandes remedios. Siempre podemos optar por pelearnos con quien nos ofende, aunque nos amenace con una navaja, pero quizá no sea lo más inteligente: aquí entra en escena la finura de criterio, esa prudencia de la que hablaba Aristóteles. La libertad, para que nos oriente hacia la eudemonía o satisfacción, tiene que someterse al criterio; ejercerla al tuntún sería irresponsabilidad o estupidez.
En la práctica, hay muchas más cosas irrevocables que el pasado y la muerte. El trabajo, por ejemplo. También el amor. Saint-Exupéry afirma, con razón, que somos responsables de aquello que amamos, y quizá amar sea decidir de qué estamos dispuestos a hacernos responsables. La ley acierta formulándolo como obligación, al menos en el caso de los hijos, para quienes el amor y la protección son un derecho. Eso también es irrevocable: gozosamente irrevocable.

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