viernes, 16 de enero de 2026

Familiaridad e impermanencia

Cierran la peluquería
en la que me corto el pelo desde hace más de veinte años.    

Acababa de aterrizar en este pueblo con el aturdimiento que, entre la ilusión y el desamparo, nos provocan los lugares extraños, donde aún no tenemos a nadie y por tanto no somos nada para nadie: una sensación ambivalente de fresca ligereza y a la vez de punzante insignificancia. Con el día a día vamos plantando balizas de familiaridad en lugares y personas, amueblando un entorno que nos pertenece a medida que le vamos perteneciendo. Lo conocido nos cerca, pero ese asedio es lo que llamamos sentido. 

Y una pérdida en el entorno tribal es como un desgarro en el tejido de la identidad. Los cambios en el contexto dejan abiertos pequeños o grandes huecos en el alma a los que habrá que buscar nuevos contenidos. Nunca los llenaremos del todo, pero mientras tanto nos instan al desafío de reinventarnos. 

Aunque quede cicatriz, las pérdidas merecen ser curadas con esmero, y en eso nos ayudan los ritos: la cortesía de llamarme personalmente, que me ha dado la oportunidad de despedirme; de lo contrario algo habría quedado incompleto, pendiente, en ese cotidiano tejer y destejer que son los avatares de la vida. Hay pena en cada exilio, pero también expectación: conoceré otros sitios, otros estilos, otras gentes.

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