Acababa de aterrizar en este pueblo con el aturdimiento, entre la ilusión y el desamparo, que nos provocan los lugares extraños, donde aún no tenemos a nadie y por tanto no somos nada para nadie: una sensación, ya digo, de fresca ligereza y a la vez de punzante insignificancia. Con el día a día vamos plantando balizas de familiaridad en lugares y personas, cerrando un entorno que nos pertenece a medida que le vamos perteneciendo. Lo conocido nos cerca, pero esa limitación es lo que llamamos sentido.
Y una pérdida en el entorno tribal es como un desgarro en el tejido de la identidad. Los cambios en el contexto dejan abiertos pequeños o grandes huecos en el alma a los que habrá que buscar nuevos contenidos. Nunca los llenaremos del todo, pero nos plantean el desafío de reinventarnos.
Aunque quede cicatriz, las pérdidas merecen ser cerradas con esmero, y en eso nos ayudan los ritos: la cortesía de llamarme personalmente, que me ha dado la oportunidad de despedirme; de lo contrario algo habría quedado incompleto, pendiente, en ese cotidiano tejer y destejer que son los avatares de la vida. Hay pena, pero también expectación: conoceré otros sitios, otros estilos, otras gentes.

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