Nuestra vida cotidiana de animales urbanos transcurre en espacios pequeños, grises, multitudinarios, sucios, ruidosos, encajonada entre paredes y bajo la luz lechosa del neón. Hay quien se siente cómodo en ese hábitat, pero yo creo...
...que la mayoría lo percibimos como un medio frío y mecánico que nos reduce y nos violenta, y en el que nuestra índole ancestral de nómadas no puede evitar la nostalgia de los espacios amplios y verdes, de las lejanías sobrecogedoras salpicadas de vida, de los caminos de tierra entre bosques recogidos y misteriosos, del agua que murmura entre los juncos y la cumbre que araña la niebla y convoca a los vientos.
Toda esa belleza emanada de sí misma, paciente e inquietante, inspira una pureza primitiva que alimenta los sueños, que hipnotiza y aturde de pura exuberancia. Exiliados sin remedio, nos dirigimos a ella con el ánimo jovial de los niños y el asombro místico de los peregrinos. En las pozas dan ganas de chapotear, pero también, si uno está solo y en silencio, se pueden intuir trazas de algo parecido a lo sagrado, a eso que se ha llamado numinoso, una actitud de venerable respeto, entre el gozo y el temor, a lo que alcanza más allá de nosotros, al todo en el que podemos fundirnos y reposar de la angustiosa individualidad.

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