La exclusión de la tribu debe ser uno de los temores atávicos más arraigados en nuestra psique por la evolución.
No olvidemos que pertenecemos a una especie de animales gregarios cazadores-recolectores, que solo en el último fleco de su historia ha desarrollado tecnologías y sociedades más numerosas y complejas. Aunque habitemos ciudades gigantescas, nos traslademos en avión y hayamos concebido el derecho, nuestro instinto ancestral nos impulsa aún a agruparnos en bandas jerárquicas y cohesionadas. Hemos sido hechos para actuar como parte de un grupo: la tribu precede al individuo, que es un experimento reciente y vacilante, y que sigue categóricamente supeditado a aquella.
El temor a la exclusión es uno de los rasgos de nuestra condición gregaria. Ser excluido de la tribu, para nuestros antepasados, implicaba la anulación de la identidad y una amenaza para la supervivencia. Aunque eso ahora haya cambiado ―y no tanto: la familia, la pandilla, el equipo de trabajo, siguen siendo referentes vitales para la manutención y la seguridad, y cualquier conflicto dentro de ellos condiciona sin remedio a la psique individual―, en nuestro imaginario permanece intacto. Ya no nos urge la adaptación a la naturaleza, pero sigue siendo prioritaria la adaptación social.

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