¡Cuánta gente se va dejando uno por el camino! Gente a la que es casi seguro que no se volverá a ver nunca. Y es ese «nunca» abisal el que nos llena de vértigo, y nos enfrenta a lo implacable de la fugacidad.
«Nunca» es algo demasiado definitivo, demasiado vacío: colmado de lo que ya no tendrá oportunidad, de lo que fue y se va, empujado por el aluvión sin retorno de las horas.
Compañeros ocasionales de tiempo regresan al olvido del que salieron, como la misma vida entre la nada y la nada. Y van dejando huecos en nuestra propia presencia, atravesada de poros como una piedra pómez. La mayoría anónimos, reducidos a esa insignificancia trágica que nos inspira la ternura de lo que no pudo ser; algunos decisivos, irreemplazables, y por eso nos duele especialmente ver cómo los años gastan su nombre y su rostro. Hubo quien contó con su momento de gloria, de sabor y alegría, de conflicto y ofensa…
Vida, en definitiva, a flor de piel, que dejó huella en algún rincón de la memoria que ya no visitamos, como esos jardines descuidados detrás de algunas casas, reino de los hierbajos y las zarzas. La vida, qué le vamos a hacer, está hecha de encuentros, pero sobre todo de despedidas. Porque lo que se pierde nos deja más solos, y nos anuncia la eternidad de nuestra propia ausencia.

Y también sucede esto con nosotros mismos. Siempre hay que estar listo para despedirse de alguna parte de nosotros mismos
ResponderEliminar¡Y qué difícil es! ¡Cómo nos aferramos a lo que se va, incluso cuando nos ha provocado dolor! A veces me he resistido a abandonar una relación destructiva porque me daba pena cerrar para siempre lo que tenía de oportunidad. La pretensión era absurda, pero supongo que, en el fondo, lo que había era el miedo universal a la soledad, a las pérdidas que anuncian nuestra pérdida definitiva. Hay que acostumbrarse a perder, ese es el gran aprendizaje. Gracias por el comentario.
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