Hay temporadas de días sombríos y noches revueltas, en que todo parece tambalearse o estar patas arriba, en las que uno no sabe dónde agarrarse y vaga como un perro apaleado.
Algunos dicen que son necesarias esas noches oscuras del alma, que nos hacen bien porque tienen su propia sabiduría, su trabajo oculto hacia la madurez, o la complejidad, o al menos la humildad de aceptar que también existen la limitación y la tristeza.
Será verdad. Cada día hay algo que nos requiere a nuestro pesar. También algo que dejamos atrás, o que nos deja atrás. Esta mañana me desperté temprano, con una canción en la cabeza: Me voy a pie, de Serrat. «Hay que olvidar el tejado rojo…, decir adiós a la puerta que se cierra». Una pausa de nostalgia antes de volver al camino. Soltar lo conocido para zambullirse en lo incierto. Despedirse con tristeza es honrar lo amado, aunque ya no podamos habitarlo, incluso aunque ya no lo amemos. Y luego «colgarse a la espalda la guitarra y volver al camino». Mirando hacia delante, porque «el camino está en cuesta», pero «bordeado de flores».
¿Por qué mi inconsciente habrá revuelto el desván para traerme esta canción? Quizá porque no dejamos de partir, y todo es hermoso y difícil, y siempre me supe vagabundo: «Pero no quiero que lloren tus ojos, dime adiós; que el camino está en cuesta y me voy a pie».

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