Hace años, un amigo muy avispado se dedicó a experimentar sobre el comportamiento de los demás a partir de las señales que les damos. Quería poner a prueba aquello de que si uno se dirige a los demás situándose en un plano de inferioridad, la gente lo trata como si fuese inferior, y al revés.
El tema ya está más que investigado y no implica mayor novedad, pero me pareció ingenioso que alguien lo comprobara personalmente. Los libros de autoayuda insisten en que los demás nos tratan según nos tratamos a nosotros mismos, lo cual no es exactamente lo que decía mi amigo, pero lo complementa.
Todos concuerdan, tanto desde la psicología académica como desde la popular, en que los conceptos que nos formamos sobre las personas (incluidos nosotros mismos) son ambiguos y variables, y que, al carecer de referentes absolutos, juzgamos y nos juzgamos en función de los modelos del entorno. Cabe esperar, pues, que si alguien se dirige a nosotros como una persona enérgica, segura y digna de respeto, bien plantada en su sitio, lo más probable es que la tratemos teniéndola por tal. Lo de mostrarnos inferiores o superiores lo incorporó mi amigo como un corolario bastante razonable.
Por cierto, al cabo de los años volví a encontrármelo y me aseguró que no había dejado de confirmar su teoría.

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