sábado, 21 de febrero de 2026

Enemigos

La amistad, como todo lo grato, es fácil. Al menos de entrada:
no cuesta esfuerzo una atracción espontánea. Luego, eso sí, vienen el desgaste del tiempo, los roces, la decepción de lo que cada cual espera, la tarea de cuidar que no siempre apetece… La cruda cotidianidad pone a prueba nuestras buenas intenciones.   

Pero el verdadero desafío está en la enemistad. Sin ir tan lejos: en la antipatía. La ética se hace ardua cuando da de bruces con sus bretes, y las emociones son uno de ellos. Hay gente que nos resulta insoportable; que nos molesta, que nos ofende, que nos inquieta o nos duele. En ellos encontramos el reflejo de nuestros propios fantasmas, y eso ya es un trabajo. Cada enemigo evoca a todos los demás, incluido ese adversario interior que conspira desde lo que los junguianos llaman la sombra, la parte de nosotros que tememos o que rechazamos. Cada enemigo contradice esa necesidad que tenemos de sentirnos buenos, amados y amables, justos y justicieros, coherentes y honorables. 

Si nuestra voluntad ética es sincera, aprenderemos a agradecer la oportunidad que nos brindan nuestros enemigos, y la aprovecharemos para afrontar en ellos lo que solemos evitar en nosotros, para poner a prueba y templar nuestros principios y nuestras convicciones. No hay avance sin duelos con la sombra.

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