martes, 10 de febrero de 2026

Hojas muertas

Me alcanza en un recodo inesperado la letra de la canción Las hojas muertas, del maestro Yves Montand.
La poesía puede asaltarnos así, cruzándosenos al torcer la esquina más prosaica, para demostrarnos que en medio de la monotonía sigue latiendo el corazón. 

«Las hojas muertas se recogen con pala, los recuerdos y los arrepentimientos también». Estremecedora inspiración para mi propio otoño, para todos los otoños que se suceden en la vida. El tiempo colma de hojas muertas nuestros caminos, y en el fondo qué poco valen, qué aprisa las amontona a un lado el vertiginoso desplome en el futuro. Montand se permite el lujo postizo y desatinado de la nostalgia, ese que nos regala la memoria al reconstruir dichas que tal vez ni siquiera existieron, que existen solo ahora que las fundamos evocándolas… Pero no se engaña: sabe que el gozo está hecho para perderse, como nosotros mismos, y que evocarlo es solo un pasatiempo lánguido que nos permitimos antes de seguir caminando, antes de dejar atrás esa hojarasca que el olvido recogerá con pala. 

El viejo Montand, allá entre la hojarasca, sonríe al amor pasado con blando escepticismo: «La vida separa a los amantes, suavemente, sin ruido». Hay que perder de buen grado esa parte de nosotros que arrastran los otoños, entre montones de hojas muertas.

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