¿Qué valor tiene un grupo que deja atrás a uno de los suyos? ¿Para qué queremos un apoyo mutuo que estipula precios y cláusulas?
Cuando hay amor, lo hay para todos, porque la estima genuina busca prodigarse, como los frutos maduros. Dice Gibran: «Quien es digno de recibir sus días y sus noches, digno es también de recibirlo todo de vosotros».
Cuando alguien sufre, cuando alguien es arrinconado —y casi siempre hay alguien—, su mal es testigo del que aqueja a quienes lo rodean. El abandono de uno denuncia la soledad de todos. El que molesta, el que daña, el que increpa, a menudo no encuentra otro modo de reclamar un apoyo que se le está negando. La oveja negra acapara las negruras del rebaño. Lo consideran la enfermedad, cuando es solo el síntoma.
Salvar al extraviado es urgente no solo por él, tal vez ni siquiera principalmente por él, sino porque no hay otro modo de salvar al conjunto. Cuando las manos se tienden hacia el que las necesita, se encuentran unas con otras. La solidaridad nos hace mejores individuos, pero, aún más, colectivamente mejores. Quizá la parábola del hijo pródigo nos quiera recordar algo de esto. Si hay que celebrar el regreso del que faltaba no es porque él fuese más importante ni valioso, sino porque su ausencia nos condenaba a permanecer incompletos.

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