sábado, 2 de mayo de 2026

Obstinada alegría

La alegría, que no nos salva, siempre nos ayuda
a seguir adelante.     

Hay que atreverse a la pueril alegría, insistir en ella, procurar rescatarla entre el alud de penas, refutársela a la rotundidad del dolor como un discreto perfume que asientan los posos de la brisa. Y, en última instancia, hay que inventarla, convertirla en una obstinación, porque su verdad es incompleta, pero suficiente, y su amistad es ambigua, pero fiel. 

«Antes que nada hay que vivir», cantaba el remoto Joan Baptista Humet, con una heroica candidez. Esa es, en efecto, la prioridad, porque sin vida no hay nada: ni verdad, ni valor, ni ternura. A los que no somos fuertes nos hacen falta esas tres cosas: Humet también me recordaba que «solo soy un ser humano», lo cual tal vez no sea mucho, pero para mí lo es todo. 

Necesitamos rescatar la alegría una y otra vez, ajustar el enfoque para ponerlo de su parte, defenderla con testarudez, como sugería Serrat. Convencernos de que siempre late en algún pliegue de la pena, aunque no nos cure de ella. Hay que saber verla, y cuando no se la ve hay que saber invocarla: cambiando la perspectiva, buscando refugio, cultivando la serenidad. La alegría es renuncia, pero también vindicación; es humildad, pero sobre todo dignidad. Detrás de los muros hostiles suelen florecer insospechados huertos. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario