Cuando la vida resplandece, la filosofía palidece. El filósofo es un espectador, un intérprete: todo lo importante sucede fuera.
Él se limita a asistir al espectáculo e intentar descifrarlo hasta donde sea posible. Por brillantes que resulten sus consideraciones, no dejan de consistir en un juego ocioso frente al tumulto del cosmos.
Creo que fue Comte-Sponville quien dijo que filosofamos porque no somos felices. Yo añadiría que filosofamos porque no tenemos nada mejor que hacer. Mejor, digo, en el sentido de valioso, de intenso, de candente. De vital, en suma. Filosofamos cuando la mera existencia no es lo bastante enérgica, en esos tramos en que discurre tan mansamente que se antoja estancada. Mientras la vida no nos reclama, o no nos asedia, o no nos enamora, mientras no estamos absortos en sus tareas, entonces podemos entretenernos en reflexionar.
Y vale la pena, por supuesto. Meditar sobre las cosas les proyecta calado, las entreteje con significados, las organiza con arquitecturas. Es como afinar un instrumento o limpiar una lente. Pero mientras suena, el instrumento desaparece y solo queda la música. Cuando se enciende la luz, nadie piensa en la lente a través de la cual la vemos. En cuanto la vida habla, el pensamiento, pobre, hace bien en callar. He callado durante varios meses: estaba demasiado ocupado en vivir.

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