Nos exaspera comprobar que ese a quien creíamos conocer
se comporta de una forma inesperada contraria a la imagen que teníamos de él.
La persona de confianza nos ponía verdes a nuestras espaldas, el egoísta nos
echó una mano, el imperturbable resultó conmoverse, la perspicaz cometió el
error más estúpido. Lo que nos incomoda de esos desafueros no es tanto la
contradicción de la propia persona como la perturbación que sacude nuestra
imagen del mundo. La complejidad nos desorienta, nos aterra.
Cuando la gente nos parece extraña, en lugar de pergeñar argumentos para maquillar la evidencia, puede que sea el momento de ampliar un poco más nuestras miras, plantearnos nuevos interrogantes y aceptar cuánto nos quedaba por conocer, justo ahora que parecía que ya sabíamos todo lo esencial. Resultó que el mundo era más complejo que nuestras frágiles certezas, resultó que nuestras convicciones no estaban acabadas y les quedaba mucho por pulir. «A la vida no le enseña nadie», nos avisó García Márquez. Sucede que a menudo el asombro nos cae encima cuando más seguros estamos de nuestras opiniones, quizá porque el mundo está para llevarnos la contraria, y la gente para no dejar nunca de sorprendernos.

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