Me cuentan una historia que, como todos los relatos
tradicionales hebreos, no tiene desperdicio. Abraham lleva días sin dormir. Un
amigo le pregunta qué le pasa. «Le debo dinero a Jacob y no puedo
devolvérselo». El amigo le aconseja que le llame y se lo diga. «¿De qué me
servirá?», pregunta Abraham, y su amigo le replica: «Para que sea él quien
tiene el problema».
La mayoría de las historias rabínicas suelen
presentar esa mezcla de pragmatismo algo cínico con sagaz penetración en la
psicología humana. A bote pronto, pasarle el problema a quien tuvo el detalle
de brindarnos apoyo no parece muy ético. Sin embargo, bien mirada, la fábula no
nos dice eso. Nos hace preguntarnos sobre la responsabilidad de cada cual, y
cómo muchas veces sufrimos al confundirnos en ello.
Jacob tomó la decisión de
arriesgar su dinero para hacer negocio: lo hizo por interés, no como alma caritativa.
Abraham se comprometió a pagar y ahora no puede hacerlo. Ambos calcularon mal.
Pero si la ganancia era para Jacob, a él le toca el riesgo. Lo que le
corresponde a Abraham es cumplir lo pactado cuanto antes: dicen que el que hace
lo que puede no está obligado a más. Si nos sorprendemos haciéndonos cargo de
los problemas de los otros, tal vez sea hora de llamar a Jacob.

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