Puede que ser bueno atraiga, pero nunca bastará para encandilar. El enamoramiento es el hechizo de la vida, que se quiere robusta,
intensa, luminosa y tal vez un poco loca, como dice la canción.
La bondad
despierta nuestro aprecio, tal vez la admiración, pero pocas veces nos
apasiona. La bondad, aun cuando conmueve, tiene algo de insulsa, casi se diría
triste. Tal vez porque sabemos que no somos buenos, que la bondad pertenece a
un paraíso del que fuimos expulsados.
La bondad, que es una virtud, nos inspira sin
embargo muchas reticencias. No existen personas buenas, sino actos buenos, y
los actos tienen siempre muchas caras. En ellos confluye un sinfín de
circunstancias, de motivaciones, de significados. Así que no hay bondad objetiva
(aunque sí convincente) ni íntegra (aunque sí suficiente). La bondad precisa
algo más, y ese algo más reside en la persona que hay detrás de ella: porque la
persona está por encima, incluso, de la bondad. Tal vez por eso Thoreau insistía
en que ser bueno solo adquiere valor si es con un motivo: tiene que costar.
Nietzsche también nos avisó
de lo mismo: uno podría ser bueno porque no sabe o no puede ser otra cosa. Lo
bueno, para él, era lidiar por ser más libres, más auténticos, más fieles a
nosotros mismos.

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