Todos estamos abocados a contar una historia con nuestra
vida, a componer un relato que en buena parte ni siquiera elegimos, cuyo argumento
se nos metió en el alma en los remotos tiempos del origen, anteriores a la voluntad
e incluso a la conciencia.
Y cada acto, cada
pensamiento, cada gesto, despliegan esa historia que el azar y la necesidad
establecieron como nuestra, que se nos cuela por la voluntad misma y que por
eso pocos logran acabar de entender (ya no digamos domeñar). En un afán de
libertad, soñamos con hacernos dueños del relato, con someterlo a nuestro
designio y reescribirlo a nuestro gusto, demiurgos al menos de nuestro destino.
Nos rebelamos contra nuestras tendencias, conspiramos contra nuestras inclinaciones,
para descubrirnos habiendo dado un rodeo que nos condujo al mismo sitio. Somos
lo que ya fuimos y no podemos sino acabar siendo (en esto Platón tenía razón),
y en cierto modo estamos ceñidos a ese destino al que tienden cada uno de
nuestros pasos.
Tal vez no debamos
resistirnos, tal vez el secreto consista en entregarnos y dejar que la vida se
cuente a través de nosotros. Tal vez convertirnos en lo que somos constituya
nuestra más dulce derrota, y el más acabado fruto de nuestra libertad.

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