La autoestima ―el aprecio y el respeto profundos por uno
mismo― es a la vez una armazón que se posee y una acción que se ejecuta.
Como
andamiaje, sostiene una convicción en el propio valor y una confianza en el significado,
conferidas, con suerte, en la infancia; de crecer sin ellas, parece muy difícil
que puedan levantarse más tarde. En tanto que ejecución, la autoestima conlleva
la capacidad de guardar y desarrollar la propia plenitud y los propios
intereses, eligiendo lo que es bueno para uno y para los demás, y trabajando
por ello.
Cuando falta la autoestima, el mundo es un
lugar inhóspito y desamparado; los demás no son una oportunidad o un disfrute,
sino una amenaza; los contratiempos no plantean un reto motivador, sino un sobresalto.
El que no goza de autoestima se mantiene a la defensiva, vive en retirada, se
acostumbra a aguantar más que a conquistar, se amuralla tras la rigidez, languidece
bajo la tristeza. Todo parece tan frágil como él y se le tambalea fácilmente,
sea una convicción o una amistad, un logro largamente ansiado o una relación
amorosa, un intento entusiasta o un proyecto ilusionado. Y, de este modo, o vivirá
anclado en la resignación, o cuando se rebele lo hará sin esperanza. Y el gozo
de los demás le parecerá una patria de la que fue exiliado.

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