Conozco a una persona más bien descuidada que, cuando está
muy nerviosa, se dedica a ordenar la casa. Yo también noto un curioso alivio al
colocar frenéticamente las cosas en su sitio: el orden parece tener un efecto
ansiolítico.
Bert Hellinger, teórico controvertido pero de
moda, ha hecho del orden la enseña de ese pastiche entre místico y catártico
que algunos llaman terapia sistémica. Todo en él es arbitrario pero a la vez
sugestivo, y creo que no se le puede negar un cierto mérito al enfatizar la necesidad
que tenemos de recolocar a la gente en nuestra cabeza (cosa que, por otra
parte, ya pretendía Freud). Muchas veces sufrimos porque no sabemos diferenciarnos
bien de nuestra madre o nuestro padre, o porque les otorgamos lugares confusos
en la imaginación. En las sesiones de Hellinger, los participantes escenifican el
mapa mental de sus afectos, con la intención de redibujarlo de un modo más
cabal.
Así que el amor,
probablemente, también tiene su orden, como las cacerolas de la cocina y la
ropa en el armario. Otra moda adiestra sobre la organización de la casa, lo
cual incluye deshacerse de lo inútil. Hacer limpieza fuera nos ayuda a
limpiarnos por dentro. Ordenar las cosas restaura la sensación de capacidad y
control.

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