sábado, 14 de agosto de 2021

Amargura

A veces, lo mejor que se puede hacer con la amargura es aceptarla.
Encajarla sin rechistar, como hacemos con las heridas, y procurar no pensar demasiado en ella mientras, aunque duela, seguimos caminando.


Hay días en los que toca tristeza, toca ser afectados ―como decía Spinoza― al cruzarnos con fuerzas que nos son contrarias: así son los ritmos de la vida. 

La costumbre suaviza el dolor. Puedo dejar que las amarguras me habiten, pero sin darles coba. No hace falta que las ame o que esté de su parte: basta con que asuma su tarea de termita en mi vieja madera. No hace falta que las celebre, puesto que no son una alegría, pero sí puedo recordarme que siempre las hay peores, que podrían haber venido a devastarme y solo me contrarían. Uno se puede resignar con un punto de gratitud. 

Rilke pedía confianza en los sufrimientos: quizá no todos podamos ser tan valientes, o tan ilusos, como para afirmar sin reproche lo que nos daña. Pero sí está en nuestras manos reconocer la ignorancia, que desfigura el valor de las cosas; sí adivinar lo bueno que a veces trae lo malo; sí pagar el dolor como precio por el gozo, la frustración como precio del deseo. Podemos dejar hacer a la amargura y esperar a que los vendavales se la lleven, como a todo. 

2 comentarios:

  1. Con un poco de pan y aceite, igual pasa mejor

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Seguro. O ajo y agua. Me has recordado la infancia, aquellos bocadillos de quesito untado que eran intragables. Ya que había que comérselos (pobre de mí que no lo hiciera), un poco de aceite en el pan ayudaba. Que nunca falte aceite. De todos modos, acabé odiando los quesitos. Gracias por tu comentario, hacía tiempo que no había y uno se cansa de hablar solo. ¡Saludos!

      Eliminar