martes, 12 de julio de 2022

Redención

Todos nos presentimos un poco culpables.
Para empezar, por vivir ―«el mayor pecado del hombre es haber nacido», clama Segismundo―, ya que otros no pudieron, ya que lo hacemos a costa de otros.


El cristianismo acusa del pecado original: arrogancia del hombre frente a Dios, insolencia del individuo ante la Vida. También contra la Norma, espina dorsal de la tribu, y frente a la cual nos rebelamos para ser nosotros mismos. 

Una vaga culpabilidad primaria nos conturba durante toda la existencia, sobre todo a quienes fuimos educados más en la sumisión que en la dignidad. Afirmamos nuestra valía, pero en el fondo la sospechamos frágil. Sabemos que somos seres vulnerables, y que bastaría con que se nos retiraran los afectos y los favores ajenos para dudar de nuestro merecimiento. Hay gente que tiene serios problemas para soportar la buena suerte. Es más que un déficit de autoestima: es un problema existencial. El de Prometeo o Sísifo. 

¿Hay redención para la transgresión de existir? Solo el amor nos redime: el mundo, a través de él, se abre dispuesto a perdonarnos. Pero a veces el amor no basta, y nos embarga la inclinación a sufrir, escenificar una penitencia, ofrendar un sacrificio. Hay dolores que salvan, o que nos hacen sentirnos dignos de salvarnos.

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