Todos nos presentimos un poco culpables. Para empezar, por vivir ―«el mayor pecado del hombre es haber nacido», clama Segismundo―, ya que otros no pudieron, ya que lo hacemos a costa de otros.
El cristianismo acusa del pecado original: arrogancia del hombre frente a Dios, insolencia del individuo ante la Vida. También contra la Norma, espina dorsal de la tribu, y frente a la cual nos rebelamos para ser nosotros mismos.
Una vaga culpabilidad primaria nos conturba durante toda la existencia, sobre todo a quienes fuimos educados más en la sumisión que en la dignidad. Afirmamos nuestra valía, pero en el fondo la sospechamos frágil. Sabemos que somos seres vulnerables, y que bastaría con que se nos retiraran los afectos y los favores ajenos para dudar de nuestro merecimiento. Hay gente que tiene serios problemas para soportar la buena suerte. Es más que un déficit de autoestima: es un problema existencial. El de Prometeo o Sísifo.
¿Hay redención para la transgresión de existir? Solo el amor nos redime: el mundo, a través de él, se abre dispuesto a perdonarnos. Pero a veces el amor no basta, y nos embarga la inclinación a sufrir, escenificar una penitencia, ofrendar un sacrificio. Hay dolores que salvan, o que nos hacen sentirnos dignos de salvarnos.

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