miércoles, 20 de noviembre de 2024

Amabilidad

Nada puede hacer las veces del amor.
Ojalá amáramos más, pero, ya que no damos para tanto, contamos al menos con la humilde amabilidad, que se le parece y no pide nada. 


La amabilidad suaviza las aristas, a veces peliagudas, del mundo social. A su luz tenue y sin sombras, uno puede sentirse a salvo de la oscuridad. Una sonrisa de la dependienta, un saludo simpático del vecino, una palabra afable de alguien con quien nos cruzamos: detalles tan nimios reconfortan nuestro ánimo y pueden enderezar un día torcido. 

La amabilidad suele ser un mero formalismo, pero no por ello resulta menos valiosa. En ella laten los ecos de la tribu, donde los saludos y las deferencias mantenían unos lazos imprescindibles. En la vida urbana no solemos necesitar, ni siquiera esperar la buena predisposición ajena. Pero una ristra de gestos afables alivia nuestra soledad y expande a nuestro alrededor una tenue pátina de afecto. También es una escuela de vínculos más hondos: «Al principio la moral solo es urbanidad», escribe Comte-Sponville. «Las buenas maneras preceden a las buenas acciones y conducen a ellas». De una persona amable sabemos, al menos, que no es nuestro enemigo, y que llegado el caso hasta podría ser nuestro amigo. Así el mundo se llena de ecos de amistad. ¡En el fondo, el corazón necesita tan poco! 

3 comentarios:

  1. Totalmente de acuerdo.
    A todo mi entorno les digo siempre, que la amabilidad es gratis, y que con ella sueles conseguir mejores resultados.

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    Respuestas
    1. ¡Caramba, amigo, tú por aquí! ¡Bienvenido!
      Ya ves, sigo manteniendo fielmente esta retahíla de pinceladas filosóficas... Sé que su brevedad no da para grandes disquisiciones, y peca de un cierto esquematismo, pero les tengo un especial cariño, precisamente por lo que tienen de sencillez, de ocurrencia cazada al vuelo...
      Aquí quedan para la posteridad, jeje... Un saludo.

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