«Hay que acostumbrarse a las despedidas», leí hace tiempo en un texto budista. «Más tarde o más temprano, tendremos que despedirnos de todos».
La sentencia no podía ser más obvia, y precisamente por eso me impactó su crudeza aritmética. Presa de un vértigo existencial, imaginé desfilar ante mí, como nubes volanderas, todas las personas que había conocido, según dicen que sucede en el momento de la muerte. Y me vi yo mismo pasando igual de fugaz, por última vez, en el recuerdo, también efímero, de los que supieron de mí.
Cumplidos años y adioses, aún no me he recuperado del todo de aquella zozobra, y ya no espero conseguirlo. Su razón tan exacta hace pueril resistirse a ella, pero supongo que así somos los humanos, desertores sin remedio cuando se trata de mirar de cara a la muerte. Estamos hechos para querer vivir, y ese es nuestro primer apego (¿será también el último?); tal vez de él salgan todos los demás, que lo tienen por premisa. Imposible, o casi, abrazar con serenidad la idea de que nada permanezca, que la ternura de los brotes presagie ya el áspero sedimento de la hojarasca.
No sé si alguien puede afrontar sin temblor las despedidas de lo que ama; pero quizá, cuando lleguen, podamos evocar en ellas el amor, más que el pavor o el desconsuelo. Eso ya sería mucho.

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