Escatimar la verdad solo nos lleva, como mucho, a retrasar su manifestación, prorrogándola bajo subterfugios y haciéndola, al reaparecer, más dolorosa.
Le hurtamos a la autenticidad una parte de su recorrido natural, reteniéndola como si el posponerla pudiera librarnos de ella. Pero no por ello deja de estar ahí, solo que discurre bajo la tierra falsa del disimulo, y un día nos asalta por la espalda como un cazador de recompensas.
Quise firmar un compromiso con la vida: «Pondré sordina al gozo a cambio de un dolor amortiguado». Pero eso solo trajo más dolor, y no fue la vida la que incumplió el pacto, sino yo. Se puede, a veces, contener los actos, nunca los sentimientos. El impulso reprimido, la emoción rechazada, sellan la esclusa, pero detrás se van agolpando los caudales, hasta que nos rebosan.
La zozobra del acto se ve compensada por el poder de su realización: la energía se ha liberado, cumplió su vocación de vida. En cambio, la brasa de la inacción se queda dentro, y acaba desatando un incendio. No hemos sido hechos para actuar bien, sino para actuar. Lo de hacerlo bien es el sueño de la voluntad: nos corresponde procurarlo, pero asumiendo, de antemano, que no siempre saldremos airosos del intento. Traicionar, en fin, lo ineludible, renegar de lo verdadero, no nos hace mejores, y en cambio nos roba lo mejor.

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