Si el sensible lo sufre todo más profundamente, cuenta entonces con más ocasiones para hacerse sabio. ¿Qué es la sabiduría sino sobreponerse al sufrimiento?
El susceptible al temor encuentra también un mayor número de oportunidades para ser valiente. La virtud es una gimnasia que no puede robustecerse sin dificultades, sin vientos contrarios o peligros que la pongan a prueba.
El sensible, que tan fácilmente despreciamos por blando con nuestra moral heroica, tiene que trabajar mucho más duramente para que su vida sea llevadera; igual que el enfermo, igual que el tullido: sus limitaciones, si son capaces de soportarlas y recuperarse de ellas, son un don y una llamada, y a eso debía referirse Nietzsche con aquella frase tan famosa, y tan mal interpretada, de «lo que no me mata me hace más fuerte». Nuestro sabio filósofo, en un imprudente alarde de arrogancia, hizo bandera del dolor, y acabó teniendo tanto que el dolor le pudo.
La sensibilidad es un don que algunos saben admirar pero pocos desearían para sí, sobre todo después de probar sus consecuencias. Pronto se entiende que vivir con ella es más arduo, que su gracia va unida al riesgo de sucumbir. Pocos, pues, la elegirían, y harían bien, pero reconozcamos lo admirable que es quien la aprovecha, en lugar de lamentarse, cuando es elegido.

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