El silencio siembra presentimientos de soledad y de ausencia. ¿Hasta dónde somos capaces de soportarlo?
Parece que no mucho: el aislamiento puro, sin estímulos, sin soluciones de continuidad a las que agarrarse, nos sume en un marasmo aterrador, nos intimida tanto que necesitamos llenarlo cuanto antes de un rumor de sucesos; y, si no podemos, provocamos nosotros el ruido con el parloteo de nuestros pensamientos.
No estamos hechos para demasiada quietud: nuestros sentidos andan hambrientos de estímulos. Solo así comprobamos que aún existimos, que no nos hemos disuelto en la nada del todo, esa nada de la que procedemos y a la que regresaremos, pero a cuya eternidad es ajeno este breve, ínfimo tumulto de la existencia.
Por eso la meditación, que sondea el vacío en la quietud interna, resulta tan ardua y tan transformadora: el que es capaz de sobreponerse a la levedad del ser quizá deje de necesitar la algarabía de los otros temores. La lucidez, entonces, resultaría ante todo una cuestión de determinación: el coraje de soportar los vértigos del silencio, permanecer en ellos a pesar del tirón de la mente que se aferra a su incesante elucubración. Hay quien ha enloquecido por falta de estímulos, quien se ha extraviado por los vericuetos de la meditación; quien pretendiendo ser santo, naufragó en el delirio.

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