Los psicólogos (o al menos alguno que he conocido) llaman artefactos a atajos cognitivos que nos permiten manejar mejor circunstancias complejas.
Son maneras de pensar que ayudan en situaciones que nos desbordan: decirse a uno mismo Tú puedes, evocar un momento feliz, imaginar a un adversario vestido de payaso…
¿Acaso no es esa la meta de la filosofía? «Pensar mejor para vivir mejor», dice Comte-Sponville. Y, ¿qué es pensar mejor sino crear, organizar, expresar conceptos y representaciones que nos permitan arreglárnoslas con una complejidad inaprehensible? A fin de cuentas, todas las palabras son artefactos: cuando nombro al miedo ya lo estoy controlando un poco, y dispongo de una base para controlarlo más; lo estoy acotando, estructurando, haciendo manejable; gano poder sobre él, y por tanto se lo quito. Cuando Spinoza clasifica las emociones y las actitudes entre alegrías y tristezas, está enfatizando lo que más importa de ellas: cuáles favorecen nuestra expansión y cuáles nos disminuyen.
Necesitamos esos artefactos, y sobre todo necesitamos que sean precisos y atinados. Un amigo aliviaba el estrés repitiéndose: «Normalicemos la situación». No hay nada más angustioso que sentirse sumido en el caos: los artefactos («hacer con arte») nos ayudan a entender, a sentirnos eficaces y a ensayar estrategias.

No hay comentarios:
Publicar un comentario