viernes, 9 de enero de 2026

Miedos

Está el miedo y están los miedos.
  

El miedo es la grieta de la entereza, la sacudida de los pilares, el alma acongojada. «El miedo es una tristeza inconstante», dice Spinoza: el estado de un alma a punto de sucumbir. 

Los miedos, por su parte, son relatos que jalonan nuestra vida, incómodos compañeros de viaje, ingratos episodios de ese devenir que llamamos yo. Los miedos nos definen y nos explican, despliegan nuestra historia, cristalizándola en condición. Los miedos marcan hitos en el camino con la cuña de la reticencia: carcoma de lo posible, socavones de la voluntad. 

Los miedos han delineado mi existencia quizá más que los gozos. Obstruyeron ramales en mi avance, haciéndome más evitador y huidizo que rastreador de lo posible. Algunos me han acompañado toda la vida, como el pánico a las alturas o el temor al rechazo. Otros me han infundido un ademán sombrío y renuente, como el miedo a la culpabilidad o a las miradas. Las fobias se me han clavado como piedras en el zapato: las montañas rusas, las cuevas estrechas… Hubo un tiempo en que me angustiaba pasar por cierto lugar de una autopista; un buen día dejó de afectarme: no entendí ni una cosa ni la otra. 

Los miedos, como todos los enemigos, son desafíos: si no nos paralizan, nos espolean. Cada miedo nos convoca al valor.

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