sábado, 28 de marzo de 2026

Clases

Yo no comprobé que hay clases sociales hasta que fui a la universidad,
y descubrí cuánta gente buscaba allí más una marca de distinción que una oportunidad. 

Hasta entonces había vivido en una inopia de barrios periféricos donde todos veníamos a ser la misma carne de cañón. Y no es que en la universidad me cruzara con gente de pata negra —esos tienen sus propias universidades como tienen sus barrios y sus mayordomos—, pero para superar mi laya charnega no hacía falta mucho. Los hijos de la España profunda, en esa versión aguada del Estado del bienestar que fueron los años 70 y 80, habíamos desembarcado en masa en las universidades, dispuestos a tomar por asalto la clase media. Pero fue la clase media la que nos tomó a nosotros. 

Se nos veía el plumero: en la ropa, en los modos, en el acento. Los ocho apellidos catalanes aportaban un plus de aristocracia: los charnegos más avispados —y oportunistas— se apiñaban alrededor de los pura sangre, exhibiendo un mordaz desprecio a los antepasados «extranjeros» y a su infame idioma invasor. Eran los que desdeñaban con más saña (los otros nos ignoraban) a las almas cándidas que aún hablábamos como en casa. Pero la más punzante evidencia de fronteras de clase fue comprobar que las chicas bien ni siquiera me veían.  

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