La equidad es el compromiso medular que engrasa la vida social. Compartir y colaborar deben fluir en dos direcciones; de lo contrario, alguien está abusando, en detrimento del otro.
No es extraño que, de forma innata, seamos tan susceptibles frente a los oportunistas, ni que llevemos grabado a fuego el mandato tribal de justa compensación. De ahí la eficacia de los favores para ganar la predisposición del otro: en el regalo hay implícito un imperativo de devolver.
Pero nada humano es simple, y, como reverso de la equidad, también hemos heredado la tendencia contraria: el oportunismo, la explotación. Pocos no intentan sacar más de lo que ponen. ¿Cómo se resuelve esa discordancia? Haciendo equilibrios en la cuerda floja del pacto, siempre inestable y de poco margen: procuramos obtener como mínimo lo equivalente, y si podemos un poco más. El pragmático y vacilante toma y daca.
Algunos desacomplejados prueban a ir más allá, y a veces les sale bien. Así se acaparan copiosas fortunas y grandes potestades. Tal vez lo hagan no tanto por desaprensivos como porque, simplemente, sacan partido de la oportunidad cuando se presenta. La ventaja dispensa de la negociación y el compromiso. Clinton adujo que aprovechó los mimos de su becaria «porque podía». El poder tienta al hacer.

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