sábado, 11 de abril de 2026

Lo raro es vivir

Tomé prestado a Carmen Martín Gaite el sobrecogedor título de su novela, para incorporarlo como divisa personal.
Vivir, en efecto, es la anomalía. En medio de la serenidad diáfana y compacta de la nada, la existencia se aparece como un borrón inquietante y fuera de lugar.  

Y la existencia es el tiempo: otra rareza. El tiempo es eso que hace que las cosas empiecen a existir y, por lo mismo, estén sentenciadas a dejar de existir. Porque la nada puede ser infinita, pero la presencia no. La presencia tiene que terminar, puesto que empezó, y una cosa va con la otra. Seguramente fue eso lo que quiso decirnos Heidegger al considerarnos seres-para-la-muerte: lo ineludiblemente propio de la vida, lo único que puede dar por seguro, es su propio fin. 

 Pero, entonces, si el nacimiento nos vuelca en lo finito desde lo infinito, y si la muerte nos devuelve a la infinitud de la ausencia, ¿qué relevancia tiene haber existido, puesto que equivale a no haber existido en absoluto? En esa ecuación en la que uno se iguala a cero nos encontramos, candente, el absurdo del que habló Camus, la imposibilidad del sentido. Disfrutar de lo que se tiene mientras se tiene, lema de los optimistas medio místicos, no tiene más consistencia que una brisa fugaz: ¿qué soy, si dejaré de ser, si mi ser quedará reducido a la nada? Pues eso: nada. ¡Qué raro es todo! 

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