Un liderazgo consolidado no necesita ostentación; el verdadero líder, el que se vuelca en el bien del conjunto y actúa para servir a los demás más que a sí mismo, debería pasar casi desapercibido.
Lao-Tse lo expresa bien: «Un líder es mejor cuando la gente apenas sabe que existe, cuando su trabajo está hecho y su meta cumplida. Ellos dirán: "Lo hicimos nosotros"».
Esa máxima nos inspira una sensación de gozosa y noble verdad. Sin embargo, la verdad no suele ser inmaculada. Está llena de poros y matices. En el caso del liderazgo, sucede que los estatus, en los grupos, deben ser consolidados reiteradamente. Nunca nada está conquistado del todo, incluso en los mejores, incluso en lo que parece más sólido. La realidad se reconstruye a cada instante en los hechos; las convicciones se tambalean si no las confirma lo que sucede. El propio amor pide que alimenten su llama insistiendo en sus promesas. La amistad que no se cuida languidece.
El liderazgo no es distinto. El mismo instinto que lo reconoce y lo apoya, también lo pone a prueba una y otra vez. El prestigio se apuntala con hechos. Igual que el amante podría traicionarnos, el líder podría fallarnos: al fin y al cabo, cuenta con sus propias vulnerabilidades. Rendimos con actos las cuentas de lo que somos, porque son los actos los que hablan por nosotros.

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