Una vida tersa como estanque de descanso y luz, donde de vez en cuando algún pedrusco (porque tiene que haber dolor) agitara las aguas, sí, pero al precipitarse hacia su fondo sereno. Yo soñé con una vida de amor y de amistad, de sosiego y sabiduría, de avance hacia lo justo y lucha apasionada por la bondad, desde la bondad.
Yo soñé con una vida perfumada como el campo en primavera, hospitalaria e indulgente, de sueños plácidos y músicas al atardecer, de lecturas intensas y charlas bajo los emparrados tomando café. Alguna vez pareció posible, pero en seguida vino alguna tromba a sacudirla, y nunca lució del todo limpio el cielo de nubarrones. Siempre hubo razón para sufrir y para temer.
Ahora ya sé que ni la vejez con sus renuncias, ni la filosofía con sus consolaciones, me traerán esa calma luminosa que soñé. Será que la infancia no me hizo lo bastante confiado, ni las vivencias fuerte, ni las meditaciones sabio, ni la experiencia lúcido. Será que llevo heridas incurables y carencias irredimibles. O quizá no me correspondan todas las culpas, y resulte simplemente que el mundo es difícil y la vida amarga, y solo los genios o los ilusos pueden amar o desechar tanto como para tumbarse bajo los tilos e ignorar el alboroto.

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