«Las plantas y los animales no son mortales porque no saben que van a morir», sostiene Fernando Savater. Eso es: morir es saber, la auténtica muerte es la que se sabe.
Del mismo modo se podría conjeturar que las plantas y los animales no están vivos como nosotros, puesto que no son conscientes de lo que es la vida; ni de que una vez empezó, ni de que se acabará.
Tenía razón Heidegger: los humanos somos seres para la muerte, sencillamente porque sabemos que moriremos, y ese conocimiento impregna de extremo a extremo la existencia. Ser y tiempo: saber es ser, saber funda el tiempo. La ignorancia de un animal sobre su propio fin desvanece la desaparición como suceso, la borra del futuro, convierte la existencia en un despliegue de mero presente. Si la conciencia de la muerte convierte al futuro en algo trivial (pues en algún momento se agotará en sí mismo), e imbuye de trivialidad la existencia misma (puesto que cuando acabe será como si no hubiese acontecido jamás), la planta y el animal viven en un instante eterno, una especie de limbo autosuficiente, que no lastran ni el futuro ni la certeza de que ese futuro les aniquilará.
Los animales no viven angustiados, ni por el futuro ni por la muerte: esa inconsciencia de sí los redime, y tal vez nos alivie a nosotros, si la comprendemos.

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