Hay gente que no nos quiere, como canta Silvio, y es una
suerte saber quiénes son. No necesariamente para luchar con ellos, pues hay
luchas que no valen la pena, por irrelevantes o porque no se pueden ganar. Los
que no nos quieren nos enseñan al menos dos cosas: nuestra sombra y nuestros límites.
Gracias.
Los que no nos
quieren no siempre son nuestros enemigos, no tienen por qué serlo más que
cualquier otro. Los que no nos quieren pertenecen a la parte del mundo que no
nos corresponde, allá donde nunca seríamos más que unos extraños. Por eso hay
que alejarse de ellos, por eso no tiene sentido dedicarles muchos desvelos. Con
los enemigos hay que luchar, o perdonar; con los que no nos quieren, lo mejor es
saludar y tirar por otra calle. Porque si ni nos quieren ni nos odian, jamás podremos
esperar de ellos dignidad o respeto.
Hay que alejarse de los que
no nos quieren, y hay que dejarlos marchar. Para ellos no valemos más que un
ápice de sus obcecaciones. Somos meros objetos, de los que pueden servirse o
defenderse, pero a los que difícilmente llegarían a amar. Precisamente por eso
nos tienta esforzarnos por conquistarles. Pero lo que hagamos raramente gana el
amor si se estrella en el despecho. Dejémosles, cuanto antes, seguir su camino.

Sabia reflexión. Yo había caído en el error de intentar acercarme a ellos. Me encanta la versión: " Pertenecen a la parte del mundo que no nos corresponde".
ResponderEliminarVislumbro un futuro más feliz para mí aunque a veces coincida en el tiempo y lugar con alguien que no me quiere. Muchas gracias por compartir tan brillante enfoque.
Sabia reflexión. Yo había caído en el error de intentar acercarme a ellos. Me encanta la versión: " Pertenecen a la parte del mundo que no nos corresponde".
ResponderEliminarVislumbro un futuro más feliz para mí aunque a veces coincida en el tiempo y lugar con alguien que no me quiere. Muchas gracias por compartir tan brillante enfoque.
En El principito, Saint-Exupéry nos enseña que solo existe lo que se ama. Para los que no nos quieren, no existimos: somos solo un decorado, a veces borroso. Yo a veces me he empeñado en conquistar amores imposibles, y creo que en el fondo mi desesperación tenía que ver con el temor a esa inexistencia. Menos mal que aprendí: ellos tampoco existían.
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