miércoles, 20 de agosto de 2025

Dolor, pero alegría

La vida duele.
Schopenhauer se lamentaba de ello, aunque, como los estoicos, nos invitaba a aguantar. Nietzsche dio un paso más: nos propuso sobreponernos a la resignación, asumir el precio de existir y pagarlo con entusiasmo, adentrarnos en la vida a pelo, hasta las últimas consecuencias y sin excusas.     

Ninguna filosofía como la de Nietzsche —tal vez solo la de Spinoza, aunque con otro tono— alza un canto tan explícito a la alegría del puro, tosco, ardiente vivir. «Como una bendición llevo yo a los abismos mi clara afirmación». 

El trascendentalista se arma un cálido refugio, imaginario pero eficaz, para la tristeza y el miedo; inventa sentidos reconfortantes, esperanzas que le alivien. Nietzsche insistía en conservar la lucidez, permanecer a la intemperie, perecer si es preciso, pero nunca engañarse, nunca renunciar a la dignidad y a la belleza abrumadora de la verdad. «El hielo se halla cerca, la soledad es imponente, pero ¡qué sereno se encuentra todo cerca de la luz!, ¡qué libremente se respira!» Amor fati: amar las cosas tal como son, sin pedir otra cosa; amarlas tanto que uno está dispuesto a que se repitan eternamente de la misma manera, y de ahí su imagen del eterno retorno. 

Nietzsche nos describió lo difícil, lo exigente, lo esplendorosa que es la alegría: «Vida voluntaria en el hielo y en las altas montañas». 

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