El silencio siembra presentimientos de soledad y de ausencia. ¿Hasta dónde somos capaces de soportarlo?
Más allá de su armonía, la naturaleza nos fascina porque entrevemos en ella destellos del origen, y, de fondo, la profundidad vertiginosa de un universo que no nos conocía y ni siquiera nos presentía, y en el que ocupamos apenas un parpadeo del infinito.
Decía Nietzsche que en nuestra vida no solo influyen las cosas que nos pasan, sino también, y acaso más, las que no nos pasan.
Escatimar la verdad solo nos lleva, como mucho, a retrasar su manifestación, prorrogándola bajo subterfugios y haciéndola, al reaparecer, más dolorosa.
«Hay que acostumbrarse a las despedidas», leí hace tiempo en un texto budista. «Más tarde o más temprano, tendremos que despedirnos de todos».