Conocer es esa tarea inagotable de ampliar el círculo de luz mientras alrededor crecen las sombras.
«El humorismo es siempre social. Uno no se cuenta un chiste a sí mismo», dijo el luthier Carlos Mundstock al recoger el premio Princesa de Asturias concedido a su célebre e inimitable grupo musical-humorístico.
«Las plantas y los animales no son mortales porque no saben que van a morir», sostiene Fernando Savater. Eso es: morir es saber, la auténtica muerte es la que se sabe.
¿Qué valor tiene un grupo que deja atrás a uno de los suyos? ¿Para qué queremos un apoyo mutuo que estipula precios y cláusulas?
La alegría, que no nos salva, siempre nos ayuda a seguir adelante.
Lo malo de estar bien es que uno puede llegar a creer que es definitivo (es fácil convencernos de lo que deseamos).
Yo soñé con una vida en la que uno pudiera recostarse como al abrazo de un sillón orejero.
Tomé prestado a Carmen Martín Gaite el sobrecogedor título de su novela, para incorporarlo como divisa personal. Vivir, en efecto, es la anomalía. En medio de la serenidad diáfana y compacta de la nada, la existencia se aparece como un desgarro intempestivo.
Yo no comprobé que hay clases sociales hasta que fui a la universidad, y descubrí cuánta gente buscaba allí más una marca de distinción que una oportunidad.
La equidad es el compromiso medular que engrasa la vida social. Compartir y colaborar deben fluir en dos direcciones; de lo contrario, alguien está abusando, en detrimento del otro.
Un liderazgo consolidado no necesita ostentación; el verdadero líder, el que se vuelca en el bien del conjunto y actúa para servir a los demás más que a sí mismo, debería pasar casi desapercibido.
La amistad, como todo lo grato, es fácil. Al menos de entrada: no cuesta esfuerzo una atracción espontánea. Luego, eso sí, vienen el desgaste del tiempo, los roces, la decepción de lo que cada cual espera, la tarea de cuidar que no siempre apetece… La cruda cotidianidad pone a prueba nuestras buenas intenciones.
Entre la refinada burguesía del siglo XIX, cuando un caballero sentía su honor herido, sucedía a menudo que retaba a un duelo a su ofensor, exigiéndole una «reparación».
Me alcanza en un recodo inesperado la letra de la canción Las hojas muertas, del maestro Yves Montand. La poesía puede asaltarnos así, cruzándosenos al torcer la esquina más prosaica, para demostrarnos que en medio de la monotonía sigue latiendo el corazón.
El proyecto es la voluntad lanzada hacia la incertidumbre. Ahí reside su belleza y su estrago.
Es inaudita la pericia que tiene el victimismo para poner los sucesos de su parte.
La voluntad propone y la facticidad dispone. A veces lo esperado se revela imposible.
Hay temporadas de días sombríos y noches revueltas, en que todo parece tambalearse o estar patas arriba, en las que uno no sabe dónde agarrarse y vaga como un perro apaleado.
La filosofía es un oficio de la mente que explora la verdad en el bastidor de la palabra. De la palabra bella y rigurosa, porque el rigor es belleza y la belleza, cuando brega honestamente por captar y expresar la verdad, se inviste de rigor.
Los psicólogos (o al menos alguno que he conocido) llaman artefactos a atajos cognitivos que nos permiten manejar mejor circunstancias complejas.